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Chistina Ricci - Humillada por perra


Christina Ricci será la protagonista de "Born to Be a Star", una comedia sobre el cine porno.

Born to Be a Star estará escrita y producida por el maestro Adam Sandler. Su protagonista es un empollón pardillo de un pueblo de Iowa descubre un tremendo secreto familiar: sus ahora recatados y discretos padres fueron, durante los setenta, unas estrellas del cine porno.

Follar más rápido que la luz - Historia de O


Un día, su amante lleva a O a dar un paseo por un lugar al que nunca van el parque Monceau. Junto a un ángulo del parque, en la esquina de una calle en la que no hay estación de taxis, después de pasear por el parque y de haberse sentado al borde del césped, ven un coche con contador, parecido a un taxi.

-Sube –le dice él.

Ella sube al taxi. Está anocheciendo y es otoño. Ella viste como siempre: zapatos de tacón alto, traje de chaqueta con falda plisada, blusa de seda y sombrero. Pero lleva guantes largos que le cubren las bocamangas y, en su bolso de piel, sus documentos, la polvera y la barra de labios. El taxi arranca suavemente sin que el hombre haya dicho una sola palabra al conductor. Pero baja las cortinillas a derecha e izquierda y también detrás; ella se quita los guantes, pensando que él va a abrazarla o que quiere que le acaricie. Pero él le dice:

-El bolso te estorba. Dámelo –ella se lo da.

El hombre lo deja lejos de su alcance y añade-: Estás demasiado vestida. Desabróchate las ligas y bájate las medias hasta encima de las rodillas. Ponte estas ligas.

Ella siente cierto apuro, el taxi va más aprisa y teme que el conductor vuelva la cabeza. Por fin, las medias quedan arrolladas. Le produce una sensación de incomodidad el sentir las piernas desnudas bajo la seda de la combinación. Además, las ligas sueltas le resbalan.

-Quítate el liguero y el slip.

Esto es fácil. Basta pasar las manos por detrás de los riñones y levantarse un poco. El guarda el liguero y el slip en el bolsillo y le dice:

-No debes sentarte sobre la combinación y la falda. Levántalas y siéntate con la carne al desnudo directamente en el asiento.

El asiento está tapizado de molesquín frío y resbaladizo. Da angustia sentirlo pegado a los muslos. Él le dice:

-ahora ponte los guantes.

El taxi sigue corriendo, y ella no se atreve a preguntar por qué René no se mueve ni dice nada, ni qué significado puede tener para él que ella permanezca inmóvil y muda, interiormente desnuda y accesible, y tan enguantada, en un coche negro que va no se sabe dónde. El no le ha dado orden alguna, pero ella no se atreve a cruzar las piernas ni a juntar las rodillas. Apoya las enguantadas manos en la banqueta, una a cada lado.

-Hemos llegado –dice él de pronto.

El taxi se detiene en una hermosa avenida, debajo de un árbol – son plátanos-, ante una mansión que se adivina entre el patio y el jardín, parecida a las del barrio de Saint-Germain. Los faroles están un poco lejos, el interior del coche está a oscuras, y afuera llueve.

-Quédate quieta – dice René-. No te muevas.

Acerca la mano al cuello de la blusa, deshace el lazo y desabrocha los botones. Ella se inclina ligeramente hacia delante, pensando que él desea acariciarle los senos. No. El sólo palpa el tirante lo corta con una navajita y le saca el sostén. Ahora, debajo de la blusa, que él vuelve a abrochar, ella tiene los senos libres y desnudos, como libres y desnudas tiene las caderas y el vientre, desde la cintura hasta las rodillas.

-Escucha – le dice él-. Ahora estás preparada. Yo te dejo. Bajarás del coche y llamarás a la puerta. Seguirás a la persona que abra y harás lo que te ordene. Si no entraras en seguida, saldrían a buscarte; si no obedecieras, te obligarían a obedecer. ¿El bolso? No vas a necesitarlo. No eres más que la muchacha que yo entrego.

Sí, sí, yo también estaré.

Vete

Rellename el CULO sin pedir permiso

Literatura y comics bdsm: Historia de O (II)

Este es el segundo fragmento de Historia de O que he seleccionado.

"Él empezó diciendo que no debía pensar que ya estaba libre. Salvo, naturalmente, si había dejado de amarle y le abandonaba de inmediato. Pero, si le amaba, no era libre de nada. Ella le escuchaba sin decir palabra, pensando que estaba contenta de que él quisiera demostrarse a sí mismo -cómo poco importaba- que ella le pertenecía y que era muy ingenuo al no darse cuenta de que su sumisión estaba por encima de toda prueba. Pero tal vez sí se daba cuenta y, si quería recalcarlo, era porque le producía un gran placer. Ella miraba el fuego mientras él hablaba, pero él no, pues no se atrevía a encontrarse con su mirada. Él paseaba por la habitación. De pronto, le dijo que, para escucharle, debía separar las rodillas y abrir los brazos; y es que ella estaba sentada con las rodillas juntas y abrazándoselas. Entonces, levantó el borde del camisón y se sentó sobre sus talones, como las carmelitas o las japonesas, y esperó. Entre los muslos sentía el agudo cosquilleo de la piel blanca que cubría el suelo. Él insistió: no había abierto las piernas lo suficiente. La palabra "abre" y la expresión "abre las piernas" adquirían en la boca de su amante tanta turbación y fuerza que ella les oía siempre con una especie de prosternación interior, de rendida sumisión, como si hubiera hablado un dios. Quedó, pues, inmóvil y sus manos, con las palmas hacia arriba, descansaban a cada lado de sus rodillas entre las que la tela del camisón, extendida a su alrededor, volvía a formar pliegues. Lo que su amante quería de ella era muy simple: que estuviera accesible de un modo constante e inmediato. No le bastaba saber que lo estaba; quería que lo estuviera sin el menor obstáculo y que tanto su actitud como su manera de vestir así lo advirtieran a los iniciados. Esto quería decir, prosiguió él, dos cosas: la primera, que ella ya sabía, puesto que se lo habían explicado la noche de su llegada al castillo, era la de que nunca debía cruzar las piernas y debía mantener siempre los labios entreabiertos. Seguramente, ella creía que esto no tenía importancia (y así lo creía, en efecto); sin embargo, pronto descubriría que, para observar esta disciplina, tenía que poner una atención constante que le recordaría, en el secreto compartido entre ellos y acaso con alguna otra persona, durante sus ocupaciones ordinarias y rodeada de toda aquella gente ajena al secreto, la realidad de su condición."

Para aquéllos de vosotros a los que os cueste coger un libro, os recomiendo la película, dirigida por Just Jaeckin en 1975 y protagonizada por Corinne Clery en el papel de O. Si bien la película, como es evidente, no incluye algunos aspectos incluídos en la obra original, debo decir que es realmente buena. Sin sexo explícito, pero rebosante de erotismo y una banda sonora magnífica.

Por cortesía de Hellcat: http://masterhellcat.blogia.com

Literatura y comics bdsm: Historia de O (I)

Qué decir sobre Historia de O que no se haya dicho ya. Un libro sublime. Una obra maestra. Sin duda ni la misma Pauline Reage -la autora- sabía lo que este libro iba a significar para los amantes del bdsm. Os lo recomiendo encarecidamente. No os arrepentiréis.
Como muestra de lo que digo, ahí van unos fragmentos. Aunque toda la obra está plagada de situaciones con un alto contenido erótico, he escogido tres fragmentos en los que O expresa su pensar y sentir sobre su situación. Los iré incluyendo en el weblog en los próximos días. De momento, ahí va el primer fragmento.

"Tendida sobre el lado izquierdo, sola en la oscuridad y el silencio, caliente entre las suaves pieles de la cama, en una inmovilidad forzosa, O se preguntaba por qué se mezclaba tanta dulzura al terror que sentía, o por qué la parecía tan dulce su terror. Descubrió que una de las cosas que más la afligían era verse privada del uso de las manos; y no porque sus manos hubiesen podido defenderla (y ¿deseaba ella defenderse?), sino porque, libres, hubieran esbozado el ademán, hubieran tratado de rechazar las manos que se apoderaban de ella, la carne que la traspasaba, de interponerse entre su carne y el látigo. La habían desposeído de sus manos; su cuerpo, bajo la manta de piel, le resultaba inaccesible; era extraño no poder tocar las propias rodillas ni el hueco de su propio vientre. Los labios, que le ardían porque los sabía abiertos a quien quisiera: al mismo criado, Pierre, si se le antojaba. La asombraba que el recuerdo del látigo la dejara tan serena y que la idea de que tal vez nunca supiera cuál de los cuatro hombres la habían forzado por detrás dos veces, ni si había sido el mismo las dos veces, ni si había sido su amante, la trastornara de aquel modo. Se deslizó ligeramente sobre el vientre hacia un lado, pensó que a su amante le gustaba el surco de su grupa y que, salvo aquella noche (si realmente había sido él), nunca había penetrado en él. Ella deseaba que hubiese sido él. ¿Se lo preguntaría algún día? ¡Ah, nunca! Volvió a ver la mano que en el coche le había quitado el portaligas y el slip y le había dado las ligas para que se sujetara las medias encima de las rodillas. Tan viva fue la imagen que olvidó que tenía las manos sujetas e hizo chirriar la cadena. ¿Y por qué, si el recuerdo del suplicio le resultaba tan leve, la sola idea, el solo nombre, la sola vista de un látigo le hacía latir con fuerza el corazón y cerrar los ojos con espanto? No se paró a pensar si era sólo espanto. Le invadió el pánico: tensarían la cadena hasta obligarla a ponerse de pie encima de la cama y la azotarían, la azotarían, la palabra daba vueltas en su cabeza. Pierre la azotaría. Se lo había dicho Jeanne. Le había dicho que era afortunada, que con ella serían mucho más duros. ¿Qué había querido decir? Ya no sentía más que el collar, los brazaletes y la cadena, su cuerpo se iba a la deriva, ahora lo comprendería. Se quedó dormida."

Por cortesía de Hellcat: http://masterhellcat.blogia.com